Por: Angie María Pérez Cabrera
Diez años. Eso fue lo que tardó el Estado colombiano en volver a preguntarle a los ciudadanos cómo está su salud mental. Los resultados de la Encuesta Nacional de Salud Mental 2025 acaban de ser presentados y son un campanazo que no podemos ignorar: la ansiedad se cuadruplicó respecto a 2015, fecha en la que se realizó la última medición. El trastorno depresivo se triplicó. Y la frecuencia de trastornos mentales en mujeres es casi el doble que en hombres.
Pero hay un dato que debería encender todas las alarmas: menos de la mitad de las personas que necesitan atención buscan ayuda. La principal razón: "pensaron que no era necesario".
¿Cuántas mujeres están silenciando su sufrimiento porque la vida les ha enseñado que "aguantar" es parte de su papel? ¿Cuántas están viviendo con una ansiedad que las paraliza, con una tristeza que no las abandona, pero no consultan porque creen que eso no merece atención?
A las mujeres nos cuesta pedir ayuda. Y no es casualidad. Hay una carga mental que no se ve pero que pesa: una lista de pendientes que no parece terminar. Mientras tanto, la ansiedad crece, el insomnio se instala y el cuerpo empieza a pasar factura.
Pero pedir ayuda se siente como un fracaso. Porque desde la infancia nos educaron para ser cuidadoras y complacientes, para priorizar las necesidades de los demás antes que las propias. Pedir ayuda se percibe erróneamente como una "carga" para el entorno. Y entonces, mejor sufrir en silencio. Eso es el síndrome de la superheroína: la autoexigencia de cumplir con múltiples roles a la perfección (profesional, madre, pareja, cuidadora) sin mostrar debilidad. Pedir ayuda se asocia con la incompetencia.
La psicología lo explica con claridad: la teoría de los roles de género muestra cómo la socialización temprana nos enseña que nuestro valor está en lo que damos, no en lo que recibimos. Pero ese aprendizaje no ocurre en el vacío: ocurre en el hogar, en la pareja, en el día a día. ¿Qué está pasando con los hombres que comparten la vida con nosotras?
La salud mental de las mujeres no se resolverá solo con más consultas de psicología, aunque ciertamente se necesitan y deben darse. Se resolverá cuando los hombres aprendan a cuidar y se conviertan en compañeros que no sobrecarguen. Cuando los hombres entiendan que su bienestar emocional no es un signo de debilidad, sino de fortaleza. Cuando los hombres participen activamente en la construcción de una sociedad donde el cuidado sea compartido y la violencia sea inaceptable.
Porque cuando hablamos de violencia contra las mujeres, el foco suele estar en las víctimas: en cómo protegemos a las mujeres, en cómo las empoderamos, en cómo fortalecer su autonomía. Todo eso es necesario y urgente. Pero también es necesario preguntarnos: ¿qué estamos haciendo con los hombres?
Los datos muestran que no estamos avanzando lo suficiente. La discriminación crece, la brecha de género se mantiene, la sobrecarga del cuidado nos asfixia. Comprender estas barreras es el primer paso para priorizar el autocuidado y delegar. Las mujeres necesitamos entender que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino de inteligencia emocional. Necesitamos crear redes de apoyo que nos permitan no sentirnos solas, y recordar que merecemos ser escuchadas.
No esperemos otros 10 años para actuar. Las mujeres colombianas no pueden esperar una década más para que su salud mental sea una prioridad. Los hombres no pueden esperar una década más para involucrarse activamente en la construcción de una sociedad sin violencia. La salud mental no es un asunto de mujeres: es un asunto de humanidad.