Por Angie María Pérez
La imagen dio la vuelta al mundo. Un hombre en un balcón del norte de Bogotá, un menor, la multitud enfurecida, las autoridades llegando, la captura. Todos reaccionamos. Todos sentimos indignación. Todos quisimos proteger a ese niño que no conocíamos. Y luego, la liberación del sospechoso, la determinación de que no hubo abuso, y el caso que se desvanece entre la ambigüedad de lo que realmente ocurrió.
Pero no hablaré de ese hecho puntual. Quiero hablar de nosotros. De nuestra reacción masiva, inmediata, visceral. Quiero hablar de esa capacidad de conmocionarnos ante la violencia que vemos, y de nuestra inquietante habilidad para ignorar la que ocurre a pocos metros, tras paredes que no son de vidrio.
La respuesta la dan los números. En Casanare, durante 2026, el 48,08% de los casos de violencia sexual tuvieron como víctimas a niñas entre 12 y 17 años. Casi la mitad. Pero el dato más devastador, según el Sistema de Vigilancia en Salud Pública, es que el 71,43% del total de estos casos ocurrieron en la vivienda de las víctimas.
El lugar donde deberían estar más seguras. El lugar que debería ser su refugio.
Eso es lo que realmente me estremece: mientras un caso es visible, ¿cuántos niños y niñas más están siendo víctimas de violencia sexual dentro de sus propias casas? Y nadie llama. Nadie protesta. Nadie se entera.
Porque el abuso en el hogar no tiene testigos. Porque el agresor suele ser conocido. Porque el miedo, la culpa, la dependencia económica y el "qué dirán" construyen un muro de silencio más alto que cualquier balcón.
¿Quiénes son esas adolescentes? ¿Con quién viven? ¿Qué sueños tienen? ¿Cómo van al colegio con el peso de un secreto que no pueden contar?
El abuso sexual infantil no es una excepción: es una epidemia. A nivel global, cada segundo una persona sufre violencia o abuso sexual. Una de cada cinco niñas y uno de cada siete niños en el mundo son víctimas de abuso sexual durante su infancia. Eso equivale a aproximadamente 3 niñas y 2 niños por segundo. Cada segundo. Mientras usted lee esta columna, mientras yo la escribo, mientras todos seguimos con nuestras vidas.
No se trata de restar importancia a ningún caso. Se trata de preguntarnos por qué reaccionamos ante lo excepcional y nos paralizamos ante lo cotidiano. Se trata de aprender a mirar más allá del escándalo. De saber que la verdadera emergencia no está en el balcón, sino en el cuarto. En el silencio. En la normalización.
Las autoridades no pueden estar dentro de cada hogar. Esa tarea nos corresponde a todos. A los vecinos que escuchan pero prefieren no preguntar. A los docentes que notan cambios de comportamiento pero no indagan. A los familiares que perciben algo raro pero no actúan.
Porque todas las víctimas merecen la misma indignación, la misma urgencia, la misma protección. Independientemente de si su dolor es visible o no.
El verdadero escándalo no es el que vemos. Es el que ocurre cada segundo, en silencio, y que elegimos ignorar.