Por: Angie María Pérez Cabrera
La reciente captura de un presunto extorsionista que amenazaba con divulgar contenido íntimo es una noticia que debería ponernos a reflexionar. Si bien la oportuna denuncia de una víctima y la eficacia del operativo evitaron que se consumara un delito, la reflexión es sobre lo cercano que en realidad están estos casos a nuestras vidas.
Al leer la noticia—"exigía más de seis millones de pesos a cambio de no divulgar contenido íntimo"—confieso que siento una mezcla de gratitud y una profunda inquietud. Porque, aunque ocurrió en Yopal, solemos ver estos casos como algo lejano, como si nunca fueran a tocar nuestra puerta. Pero la realidad es que las generaciones más jóvenes, quienes están más expuestas a los entornos digitales, son las que hoy enfrentan este riesgo con mayor crudeza.
Hablemos del informe "Redes que atrapan", de Save the Children, que nos sacude con una evidencia contundente: casi la totalidad de los jóvenes encuestados sufrió algún tipo de victimización sexual en entornos digitales antes de los 18 años. No son excepciones, es una realidad generalizada. El estudio revela que un 33,5 % tuvo contacto con un adulto con fines sexuales en línea, y que un 20 % fue víctima de imágenes creadas con inteligencia artificial para mostrarles desnudos sin su consentimiento.
Los datos también confirman lo que la intuición ya nos advertía: las mujeres son las más expuestas. Ellas reportan con mayor frecuencia haber recibido fotos o comentarios sexuales no solicitados, y haber sido presionadas para enviar contenido íntimo. Sin embargo, no podemos olvidar que los hombres también son víctimas, aunque el estigma social—esa falsa creencia de que un varón no puede ser vulnerado—los empuja al silencio y a la negación. La violencia digital no entiende de género, pero sí castiga de manera desigual.
La normalización es alarmante: más del 65 % de los jóvenes no percibe como riesgo el reenvío de imágenes íntimas sin consentimiento. Y el 100 % de las víctimas de explotación conocía el sexting, frente al 60 % de quienes no lo sufrieron. El conocimiento no siempre protege; lo que falta es conciencia del peligro real y herramientas para poner límites.
Si un adulto se siente acorralado y paga sumas millonarias—como en Yopal—, ¿qué sentirá una adolescente sin recursos ni madurez para enfrentar una amenaza? Las generaciones más jóvenes viven en una vitrina permanente donde cada foto es pólvora para el chantaje. Y el agresor no siempre es un desconocido: en el 35 % de los casos pertenece al entorno cercano.
El llamado del Gaula a denunciar ("Yo No Pago, Yo Denuncio") es vital, pero no suficiente. La batalla debe librarse en la prevención: alfabetización digital con perspectiva de género, que enseñe a desconfiar de la utopía que ofrece el mundo digital; endurecimiento del marco legal para que delitos como los deepfakes tengan penas ejemplares; y desmontar el estigma que culpabiliza a la víctima y perpetúa el silencio.